Galería de retratos literarios

 

Antonio Machado. Campos de Castilla.

Antonio Machado se presenta a sí mismo:

Ignacio Aldecoa, Los Bienaventurados

Michael Ende, Momo.

Pío Baroja, Zalacaín el aventurero.

Alonso de Ercilla, La Araucana.

Alfonso Grosso, Florido mayo.

Benito Pérez Galdós, La de Bringas

Carmen Laforet, Nada

Ramón J. Sender, Mr. Witt en el cantón

Ramón Gómez de la Serna, ¡Rebeca!

Retrato

Antonio Machado. Campos de Castilla.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido (seductores célebres )

 ya conocéis mi torpe aliño indumentario -,

mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario. ("ellas", las mujeres)

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, (revolucionaria)

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; (poeta francés del s. XVI)

mas no amo los afeites de la actual cosmética, (afeite es cosmético)

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar. (gay : alegre)

Desdeño las romanzas de los tenores huecos (canciones sencillas y tiernas)

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces. una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

-quien habla solo espera hablar a Dios un día -;

mi soliloquio es plática con este buen amigo (soliloquio : monólogo, plática : charla)

que me enseñó el secreto de la filantropía. (filantropía : amor al prójimo)

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

(publicado por primera vez en El Liberal el 1-4-1908.)

 

 Antonio Machado se presenta a sí mismo:

Nací en Sevilla una noche de julio de 1875, en el célebre palacio de las Dueñas, sito en la calle del mismo nombre. Mis recuerdos de la ciudad natal son todos infantiles, porque a los ocho años pasé a Madrid, a donde mis padres se trasladaron, y me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza. A sus maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud. Mi adolescencia y mi juventud son madrileñas. He viajado algo por Francia y por España. En 1907 obtuve cátedra de Lengua Francesa, que profesé durante cinco años en Soria. AIlí me casé; allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siempre. Me trasladé a Baeza, donde resido. Mis aficiones son pasear y leer.

 

Ignacio Aldecoa, Los Bienaventurados

Pedro Lloros tenía la tripa triste. Pedro Lloros comía poco, y no siempre. En el verano se alimentaba de peces y cangrejos de río, de tomates y patatas robadas, de pan mendigado, de agua de las fuentes públicas y de sueño. En el invierno de rebañar en las casas limosneras los pucheros, de algún traguillo de vino y también de sueño, que es el mejor manjar de un pobretón. Por la primavera y el otoño, sus pasos se perdían. Pescador era bueno; ladrón algo torpe; vago, muy vago. Odiaba a los gimnasias.

Todos los vagos del mundo odian a los gimnasias, que malgastan sus fuerzas sin saber por qué. En cambio, los amigos de Pedro Lloros se tumbaban al sol a dormitar o a rascarse, y cuando llegaba el frío se hacían encarcelar. Pedro nunca había pasado el invierno en la cárcel por miedo. Una vez le pillaron distrayendo fruta en el mercado y las vendedoras de los puestos de abastos, al verle tan triste y hambriento, le perdonaron.

Pedro Lloros poseía un corazón chiquito y veloz. Se asustaba de todo y se apellidaba perfectamente. Era calvo, retorcido, afilado de cara, y llevaba la bola del mundo, en vez de en los hombros, en la barriga. Su madre lo parió sietemesino y zurdo, y su padre no pudo hacer carrera de él porque, a decir verdad, no se empeñó mucho, y Pedro, desde muy chico, quiso no servir para nada. Pedro perdió a sus padres en una epidemia de gripe; después estuvo llorando y quejándose mucho tiempo, hasta que se hizo amigo de don Anselmo, un mendigo de sombrero agujereado y bast6n con puño de metal. Don Anselmo le presentó a sus conocidos. La presentación en sociedad de Pedro fue muy alegre: todos se emborracharon y luego discutieron; por fin, se pegaron. Pedro no se atrevió a abrir la boca por temor de que le saltasen los dientecillos, ratoneros y careados, de una bofetada. Luego, todos le quisieron.

 

Michael Ende, Momo.

Pero un día corrió la voz entre la gente de que últimamente vivía alguien en las ruinas. Se trataba, al parecer, de una niña. No lo podían decir exactamente, porque iba vestida de un modo muy curioso. Parecía que se llamaba Momo o algo así.

El aspecto externo de Momo ciertamente era un tanto desusado y acaso podía asustar algo a la gente que da mucha importancia al aseo y al orden. Era pequeña y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podía decir si tenía ocho años sólo o ya tenía doce. Tenía el pelo muy ensortijado, negro como la pez, y con todo el aspecto de no haberse enfrentado jamás a un peine o unas tijeras: Tenía unos ojos muy grandes, muy hermosos y también negros como la pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba descalza. Sólo en invierno llevaba zapatos de vez en cuando, pero solían ser diferentes, descabalados, y además le quedaban demasiado grandes. Eso era porque Momo no poseía nada más que lo que encontraba por ahí o lo que le regalaban. Su falda estaba hecha de muchos remiendos de diferentes colores y le llegaba hasta los tobillos. Encima llevaba un chaquetón de hombre, viejo, demasiado grande, cuyas mangas se arremangaba alrededor de la muñeca. Momo no quería cortarlas porque recordaba, previsoramente, que todavía tenía que crecer. Y quién sabe si alguna vez volvería a encontrar un chaquetón tan grande, tan práctico y con tantos bolsillos.

 

 

Pío Baroja, Zalacaín el aventurero.

Era un hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, y la pipa de barro siempre en la boca. Punto fuerte en la taberna de Arcale, tenía allí su centro de operaciones; allí peroraba, discutía y mantenía vivo el odio latente que hay entre los campesinos por el propietario. Vivía el viejo Tellagorri de una porción de pequeños recursos que él se agenciaba, y tenia mala fama entre las personas pudientes del pueblo. Era, en el fondo, un hombre de rapiña, alegre y jovial, buen bebedor, buen amigo, y en el interior de su alma bastante violento para pegarle un tiro a uno o para incendiar el pueblo entero. La madre de Martín presintió que, dado el carácter de su hijo, terminaría haciéndose amigo de Tellagorri, a quien ella consideraba como un hombre siniestro. Efectivamente, así fue; el mismo día en que el viejo supo la paliza que su sobrino había adjudicado al joven Ohando, le tomó bajo su protección y comenzó a iniciarle en su vida. El mismo señalado día en que Martín disfrutó de la amistad de Tellagorri, obtuvo también la benevolencia de Marqués. Marqués era el perro de Tellagorri, un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal punto con las ideas, preocupaciones y mañas de su amo, que era como él: ladrón, astuto, vagabundo, viejo, cínico, insociable e independiente. Además, participaba del odio de Tellagorri por los ricos, cosa rara en un perro [...] Tellagorri era un individualista convencido; tenia el individualismo del vasco reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorri.

- Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda - decía. Ésta era la más social de sus teorías; las más insociables se las callaba. Tellagorri no necesitaba de nadie para vivir. Él se hacia la ropa; él se afeitaba y se cortaba el pelo, se fabricaba las abarcas, y no necesitaba de nadie, ni de mujer ni de hombre. Así, al menos, lo aseguraba él.

 

Alonso de Ercilla, La Araucana.

Ufano andaba el bárbaro y contento

de haberse más que todos señalado,

cuando Caupolicán a aquel asiento,

sin gente, a la ligera había llegado.

Tenía un ojo sin luz de nacimiento,

como un fino granate colorado ;

pero lo que en la vista le faltaba

en la fuerza y esfuerzo le sobraba.

Era este noble mozo de alto hecho,

varón de autoridad, grave y severo,

amigo de guardar todo derecho,

áspero y riguroso justiciero,

de cuerpo grande y relevado pecho,

hábil, diestro, fortísimo y ligero,

sabio, astuto, sagaz, determinado,

y en casos de repente reportado.

 

Alfonso Grosso, Florido mayo.

Su complexión – espaldas de gladiador, cintura de discóbolo – achatan aún más su altura de un metro setenta, incapaz de estilizar las mangas renglan de su trinchera Buberrus. Atleta desde niño – como con sangre de titiritero ítalo que ya a los trece supiera manejar un tablero de mármol de treinta pulgadas con la misma fuerza, facilidad y destreza, que un oficial de treinta – le basta un primer y único impulso para subir – y hacer rodar ya dentro – su máquina francesa por el doble escalón y el rejal de los baldosines de la casa – puerta azulejeada por el retablillo de Animas que se levanta sobre el medio punto de la despintada cancela tras la que acechan los claros ojos, dulces y alucinados.

Incluso ésta, su misma fortaleza y el perímetro de su tórax de auténtico luchador (que habría de servirle sin embargo de bien poco para albergar con clínica fortuna las cámaras de aire de sus neumotórax, inútil remedio para la enfermedad que contraería veinte años más tarde y que había de llevarle a una fosa, no ya a un ruinoso panteón como a su mujer, sino a una simple fosa terrena) confirma no estar hecho, no hallarse fabricado exactamente de idéntica masa carnal que sus hermanos. Ni él ni Augusto lo están, pese a la contumaz fidelidad materna; aunque en realidad tampoco Augusto tenga con él nada en común excepto un cierto desgarro, una complacencia por el amontillado en particular y los sherrys en general, una indiferencia religiosa y una constitución física semejante, una inconsciente tendencia al tricolor y una – ya absolutamente consciente – a la piel suave de las domésticas adolescentes y las meretrices de las mancebías de fuste. Nada les une sin embargo, aunque nada les separa radicalmente tampoco tomando como referencia las virtudes cívicas y morales del Artista: sobriedad, desapasionamiento, ausencia de proporciones atléticas, mesura, arrogancia, spleen, belleza casi femenina, y devoción y entusiasmo por el rojo y el gualda, en cuanto el comunero morado, el incierto violeta, lo reserva sólo y exclusivamente para singularizar aromáticamente su obra pictórica. Pero es, por supuesto, de otra raza que Augusto, y sus inclinaciones corresponden a una naturaleza mucho más elemental, como si hubiera quedado anclado en la niñez de la que no ha sido capaz de liberarse aún y de la que no le será posible escapar nunca, y quizá de esa niñez partan los fantasmas que han de perseguirle a lo largo de toda su vida segada al filo de los cuarenta, una madrugada de febrero, cara al Guadarrama, dentro de una ya inútil tienda de oxígeno, tras haber hecho balance de su vida y recibido los Auxilios Espirituales y la bendición apostólica de Su Santidad, gracias a la intercesión y perseverancia de su hermana Virtudes elegida por el destino para recoger el último de sus alientos antes de penetrar en los inexorables dominios de la Nada.

Sus pupilas mantienen todavía un penúltimo fulgor de apuestas perdidas y de galgos famélicos y una levísima ráfaga demencial de jugador sin suerte cuando se cruzan con las de Estrella.

 

Benito Pérez Galdós, La de Bringas

Era este Pez el hombre más correcto que se podía ver, modelo excelente del empleado que llaman alto porque le toca ración grande en el repartimiento de limosnas que hace el Estado; hombre que en su persona y estilo llevaba como simbolizadas la soberanía del Gobierno y las venerables muletillas de la Administración. Era de trato muy amable y cultísimo, de conversación insustancial y amena, capaz de hacer sobre cualquier asunto, por extraño que fuese a su entender oficinesco, una observación paradójica. Había pasado toda su vida al retortero de los hombres políticos, y tenía conocimientos prolijos de la historia contemporánea, que en sus labios componíase de un sinfín de anécdotas personales. Poseía la erudición de los chascarrillos políticos, y manejaba el caudal de frases parlamentarias con pasmosa facilidad. Bajo este follaje se escondía un árido descreimiento, el ateísmo de los principios y la fe de los hechos consumados, achaque muy común en los que se han criado a los pechos de la política española, gobernada por el acaso. Hombre curtido por dentro y por fuera, incapaz de entusiasmo por nada, revelaba Pez en su cara un reposo semejante, aunque parezca extraño, al de los santos que gozan la bienaventuranza eterna. Sí, el rostro de Pez decía: «He llegado a la plenitud de los tiempos cómodos. Estoy en mi centro.» Era la cara del que se ha propuesto no alterarse por nada ni tomar las cosas muy en serio, que es lo mismo que resolver el gran problema de la vida. Para él, la Administración era una tapadera de fórmulas baldías, creada para encubrir el sistema práctico del favor personal, cuya clave está en el cohecho y las recomendaciones. Nadie sabía servir a los amigos con tanta eficacia como Pez, de donde vino la opinión de buena persona. Nadie como él sabía agradar a todos, y aun entre los revolucionarios tenía muchos devotos.

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Carmen Laforet , Nada.

Como una bandada de cuervos posados en las ramas del árbol del ahorcado, así las amigas de Angustias estaban sentadas, vestidas de negro, en su cuarto, aquellos días. Angustias era el único ser que se conservaba asido desesperada- mente a la sociedad, en la casa nuestra. Las amigas eran las mismas que habían valsado a los compases del piano de la abuelita. Las que los años y los vaivenes habían alejado y que ahora volvían aleteando al enterarse de aquella púdica y bella muerte de Angustias para la vida de ese mundo. Habían llegado de diferentes rincones de Barcelona y estaban en una edad tan extraña de su cuerpo como la adolescencia. Pocas conservaban un aspecto normal. Hinchadas o flacas, las facciones les solían quedar pequeñas o grandes según las ocasiones, como si fueran postizas. Yo me divertía mirándolas. Algunas estaban encanecidas y eso les daba una nobleza de que las otras carecían. Todas recordaban los tiempos viejos de la casa. (...)

(La verdad es que eran como pájaros envejecidos y obscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un trozo de cielo muy pequeño).

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Ramón J. Sender, Mr. Witt en el cantón

Mr. Witt, cuya única aventura a lo largo de cincuenta y tres años consistió en dejar su puesto en la Marina inglesa para ir a ocupar el de ingeniero asesor de la Maestranza de Cartagena – cambiar su confortable casa de Adelphi por otra no menos confortable del paseo de la Muralla –, ordenar sus cuadritos con un poco más de desembarazo que lo hubiera hecho en Londres y comprarse dos pares de castañuelas que colgó sobre una manta de monte puesta en la pared; Mr. Witt, que no conoció otra aventura que la de su entusiasmo súbito por Milagritos al verla un día en la Puerta de Murcia y desposarla algunos meses más tarde, amaba las aventuras. Le gustaba explicarse sus movimientos de ánimo. Este amor por las aventuras – se decía – no proviene de un espíritu desordenado, sino del «gusto por lo espontáneo». A Mr. Witt le cansaba un poco la civilización, como a todo inglés culto. Por eso miraba con melancolía a su abuelo Aldous, y por eso también se encontraba muy a gusto en España, en Cartagena, en su casa del paseo de la Muralla, cerca de doña Milagros, mujer bonita y atropellada, cuya educación y cultura no habían pasado de cierto mimetismo instintivo. Quince años llevaban juntos y todavía doña Milagros no había dejado de asombrarle con sus salidas violentas o dulces, de una violencia o una dulzura siempre inesperadas. Mr. Witt era un hombre ultracivilizado, pero como se sentía esclavo y preso de la civilización, a veces la odiaba. «No es un sentimiento anárquico – se explicaba a sí mismo –, sino la sensación de la esterilidad de muchas de las formas morales y sociales que nos dominan». Sin embargo, Mr. Witt, en su conducta, se creía un puritano. En su facha exterior había rigidez, sobriedad, una seriedad infinita que a los cartageneros les parecía a veces tristeza.

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Ramón Gómez de la Serna, ¡Rebeca!

En cuanto hubieron cenado y se desparramaron alegres por los rincones de la tienda, Luis se dio cuenta de que le interesaba la mujer blanca de los brazos de encamisada.

Preguntó quién era y, como si aquéllos y aquéllas sospechasen el peligro, le dijeron de tres maneras distintas quién era: «Es una judía», «Es una hebrea», «Es una israelita».

Antes de arrinconarla junto al fanal de rosas pura sangre, sabía que era viuda y se llamaba Leonor.

Ya no supo ni vio más. No tenía nombre bíblico, pero ya estaba en camino de ser Rebeca. Parecía un ángel encendido, y sin tener bucles tenía la cabeza negra y rizada de bucles.

Era una imagen más que un ser humano y daba las miradas como la diosa de la Vía Láctea, apretando su seno pone las estrellas en el cielo.

Venía de esas mujeres a las que el hombre no llama sino «mujer».

Tenía cara de alma, pero sus ojos eran lo excepcional con sus pestañas de luto y su córnea color de concha marina, como si sus ojos en la más remota de las antigüedades hubieran estado arrastrados por las playas sobre las arenas frescas del principio del mundo.

Sus ojeras eran como ojeras mortales cuya gangrena puede durar toda la vida. Un poco pomulada como sólo se pomulan los antifaces, sus pómulos unidos a sus ojeras le daban cara de máscara, y su boca con algo de boca de pecado completaba el misterio del antifaz.

Sus manos antiguas, con piel y tacto de manos de raza vieja, eran manos de bendecidora de cabezas malas.

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