VIDA DE LA MUJER RURAL

   Carmen Marcos Roldán (Pajares de los Oteros)

 

Me llamo Carmen, tengo 66 años, vivo en Pajares de los Oteros, provincia de León. Contaré mi experiencia vivida en la familia.

Yo nací en el seno de una familia humilde. Mis padres tenían que hacer números para que llegase el poco dinero que se ganaba en aquellos tiempos, para comer y vestir malamente.

Éramos cuatro hermanos, la madre sacrificada, siempre cosiendo y haciendo comidas, yendo a lavar la ropa al lavadero o a un charco, cargada con la cesta de la ropa en la cadera, porque no había agua corriente en el pueblo. Para el gasto de la casa se traía con cubos del caño que había en la plaza del pueblo para todos los vecinos. Para lavar los platos, cocinar y lavarnos la cara y manos usábamos una palangana. Los domingos y fiestas eran un poco especiales y nos bañábamos en un barreño.

Para hacer la comida y la cena teníamos una hornilla de leña que había que ir a buscarla al campo. Atropábamos todo lo que veíamos, hasta cardenchas para arrojar el horno, y así, con el pan que amasábamos en casa, lo cual daba mucho trabajo, pero teníamos pan para ocho o quince días.

Al campo iban todos los de casa, a arrancar garbazos, atropar lentejas y segar trigo y cebada con hoz y guadaña. En la vendimia, toda la gente que éramos en casa era poca para coger uva cuanto antes. Había que ir a ayudar a la bodega a sacar el mosto a cántaros para la cuba. En fin que trabajábamos mucho para ganar poco.

La diversión de nuestras madres era salir a coser a la calle por las tardes, se juntaban unas cuantas vecinas, contaba chascarrillos la que era más graciosa y las demás a reírse. También jugaban a las cartas y, como otra diversión no tenían, se lo pasaban bien.

Mi vida ya fue un poco mejor que la de mi madre, tuve tres hijos, ya no nació ninguno en casa, fui al hospital y fueron mejor criados que yo.

Todavía me tocaron unos años de ir a lavar al lavadero mientras fueron pequeños y al campo a trabajar para ayudar al marido. Teníamos ganado de ovejas y había que darlas de comer, para que, cuando viniesen del campo tuviesen el pienso echado; no nos podíamos dormir, había mucho que hacer.

Ahora, gracias a Dios, ya tenemos comodidades en casa, agua corriente, calefacción, teléfono y todos los electrodomésticos necesarios.

De nuestros hijos, y en particular de toda la juventud, se les ha podido dar una educación y están preparados para enfrentarse a la vida de distinta manera que nosotros.